Mi rosa eterna

No maldigo el día en que te conocí.


Sería demasiado simple
culpar al azar,
o al temblor que sentí en el pecho
cuando tu nombre empezó a quedarse en mi memoria.


Quise convencerme de que contigo era todo o nada.


Y qué ironía:


cuando te perdí, descubrí que todo eras tú,
y nada era yo sin ti.


Te pido perdón.


Aunque todavía no logro perdonarme.
Perdón por las veces en que tuviste que contener
lo que yo ni siquiera sabía nombrar.


Por cada lágrima que te causé
y por las que escondiste para que yo no me derrumbara.


Si alguna vez nos volvemos a ver,
que sea antes de que el mundo se acabe.


Que sea sin promesas, sin excusas, sin revancha.


Solo tú y yo.


Porque lo más puro que tengo, además de tu aliento,
es este amor que no sabe irse
aunque yo se lo pida.


Y si no volvemos a vernos,
al menos sabrás que lo intenté:


que me quedé con la parte más difícil,
que fue aprender a vivir


con la ausencia de alguien
que todavía existe.


F.